Miguel Hernández, 100 años de luz

‘…No tenía Miguel la luz cenital del Sur como los poetas rectilíneos de Andalucía sino una luz de tierra…’ Pablo Neruda

Audio: Miguel Hernández, Cien años de luz

DAVID CORRAL El 30 de octubre de 1910 se cumple el centenario del nacimiento del hombre que transformó la poesía en ‘viento del pueblo’. -La huella del autor de las ‘Nanas de la Cebolla’ se expande a través de la red social Facebook, donde hay varios perfiles con su nombre e incluso se informa de los actos del centenario del poeta alicantino.

Las esencias de Miguel Hernández

Las esencias de Miguel Hernández

El nicho 1.009 del cementerio de Nuestra Señora del Remedio de Alicante tuvo que sujetar el 30 de marzo de 1942 las propias palabras que Miguel Hernández (Orihuela, 1910) grabó años atrás en la fragua de la historia universal de la literatura con una de las elegías más bellas jamás escritas en castellano, y que sirvieron para despedir a Ramón Sijé: el hombre que asumió el mecenazgo de un cabrero capaz de hilvanar palabras.

“(…) Temprano levantó la muerte el vuelo, temprano madrugó la madrugada (…)”

Aquel 28 de marzo el reloj marcaba las 5.32 horas cuando Miguel Hernández murió preso con los ojos abiertos ante la eternidad. La tuberculosis y el tifus se cobraron la vida de un poeta que no quería cerrar los ojos porque intuía que deslizar los párpados era quedar abocado a la muerte. Quizás la lección la aprendió en un otoño de 1938, cuando su primer hijo se despedía de la vida como quien se despide de aquello que nunca se tiene.

“Te has negado a cerrar los ojos, muerto mío,

abiertos ante el cielo como dos golondrinas (…)”

La muerte de Manuel Ramón Hernández Manresa provocó la convulsión del poeta y de las letras hispánicas con  ‘Cancionero y romancero de ausencias’, uno de los libros que a dentelladas hurga en las entrañas del lector “porque la pena tizna cuando estalla”.  Miguel Hernández no era un poeta de escuadra y cartabón. La musicalidad y la fuerza de sus composiciones se sobreponían a la irregularidad de la métrica. Aunque la escritura era un bien innato en el ADN del poeta, supo suplir el pronto abandono de los estudios al convertirse en una persona autodidacta. Hernández pastoreaba al lado de los autores del Siglo de Oro: Lope de Vega, Miguel de Cervantes o Luis de Góngora fueron sus verdaderos maestros.

“Eres la noche, esposa: la noche en el instante

mayor de su potencia lunar y femenina.

Eres la medianoche: la sombra culminante

donde culmina el sueño, donde el amor culmina. (…)”

La llegada a Madrid provocó que Hernández tomase contacto con los literatos de la época: Pablo Neruda, Federico García Lorca, Vicente Aleixandre, el genial Juan Ramón Jiménez… Sin embargo, las raíces de  Orihuela no podrían ser nunca desterradas. En el horizonte siempre estuvo Josefina Manresa, la mujer que pobló los ojos del poeta porque “mis ojos sin tus ojos, no son ojos, que son dos hormigueros solitarios”.

Ocho años de amor y una guerra. Es tiempo y excusa suficiente para que Hernández amase a la mujer  de “pelo largo, hecho un puro anillo y negro, negro como un rincón de noche, su piel pálida y graciosa, su boca demuestra una mujer de mucha voluntad y es fina y bien recortada, su nariz copiada de Venus y sus ojos profundos y pensativos y guapos en medio de dos cejas como dos puñaladas de carbón fino”.  
 


“Tristes guerras

si no es amor la empresa. 


Tristes, tristes (…)” 
 


Al estallar la Guerra Civil, Hernández se alista en el bando republicano. Su compromiso llega a las trincheras donde jalea a las tropas y recita algunos de sus poemas a los soldados…

El 1 de abril de 1939 el general Francisco Franco declara concluida la guerra. El poeta trata de huir cruzando la frontera con Portugal en la provincia Huelva, pero es capturado antes de alcanzar su destino. Tras un largo periplo por las cárceles de Sevilla, Madrid y Alicante, las mediaciones de Luis Almarcha -amigo de la juventud y vicario general de la Diócesis de Orihuela- fructificaron al conseguir la conmutación de la pena de muerte por una condena de 30 años de prisión. “Hace varias noches que han dado en pasear las ratas por mi cuerpo mientras duermo… Ya tengo ratas, piojos, pulgas, chinches, sarna. Este rincón… muy pronto será un parque zoológico, o mejor dicho, una casa de fieras”.

Miguel Hernández tenía la capacidad de transformar su alrededor en lírica. Todo lo que tocaba se convertía en verso, aquello que respiraba bien valía ser oxigenado a punta de palabra. La poesía hernandiana radica en lo cotidiano, dotar a lo mundano de valor lírico: lo sencillo siempre fue más complicado. A su vez, el poeta maneja con descaro el uso del lenguaje. La relación con Josefina fue un amor de correspondencia. Por contraposición, las cartas del poeta a su esposa descubren el universo literario en el que Hernández se encontraba sumergido. Las misivas no corresponden a su obra porque tienen netamente un valor informativo y llegan a ser líneas toscas, más cercanas a un lenguaje rural que erudito: “¿Serías capaz de escribir tan derecho y bien encima de mi ombligo? Ahí sí que te irías para abajo”, asegura el poeta en una de las cartas destinadas a su esposa y que muestra las pasiones de un amor carcelario. 


“Menos tu vientre,

todo es futuro fugaz,

pasado 
baldío, turbio.

Menos tu vientre,

todo es oculto.

Menos tu vientre (…)” 
 


En enero de 1939 la llegada de su segundo hijo, Manuel Miguel Hernández Manresa, alivia el espíritu apesadumbrado del matrimonio. Sin embargo, el poeta sería condenado a ver su hijo crecer desde una celda. Las noticias de Josefina sobre la salud de Manuel Miguel preocupan al poeta quien compone las Nanas de la cebolla desde prisión: “Estos días me los he pasado cavilando sobre tu situación, cada día más difícil. El olor de la cebolla que comes me llega hasta aquí, y mi niño se sentirá indignado de mamar y sacar zumo de cebolla en vez de leche. Para que lo consueles, te mando esas coplillas que le he hecho, ya que aquí no hay para mí otro quehacer que escribiros a vosotros y desesperarme”, asegura Hernández en una de sus cartas a su esposa.

Los barrotes pesaron tanto en el ánimo del poeta que estableció un paralelismo entre su matrimonio y el de sus dos hijos:  “Josefina, cada vez que lo miro en la fotografía, lo encuentro más hermoso y más parecido a ti… Y miro la del otro hijo que se nos fue y entonces me veo a mí”.

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